El navío se perdió en el horizonte y se desprendió de los ojos
lacrimosos de todos aquellos que se despedían de los viajeros agitando
un paño blanco. Los muertos vivientes volvían a sus quehaceres y los que
sencillamente vivíamos, imaginábamos qué clase de castillo en el aire quedaría mejor para perfilar esa
lejanía desgarradora.
Cerré los ojos con fuerza pidiendo al cielo que la imagen volviera a
formar parte de la canción. Que la vida compensase el dolor de las aves
que interrumpían su vuelo por orden de Zeus. Cerré los ojos
reclamando que me fuera devuelto aquello por lo que tanto había sufrido. Reclamaba justicia.
La tormenta seguía azotando los mares con furia enfermiza mientras los navíos luchaban por mantenerse a flote. Las gentes comenzaron a realizar bailes extraños alrededor de una hoguera sin fuego. Daban palmas, sonreían y se perdían entre la lluvia mientras una espiral lumínica hacía acto de presencia en aquel corro de títeres enloquecidos.
Los
pájaros murieron, las lágrimas se derramaron y pregunté al cielo qué más
necesitaba aparte de un vuelo interrumpido. Poco importaba lo que comandara su
crueldad. Pensaba hacerlo por ti.
- ¡Que mis lágrimas cubran los campos de melancolía y que sus aguas la
hagan desaparecer, que se abran mil senderos y al fin, pueda agarrar tu
mano para no volver a soltarla por mandato de un adiós!- Exclamé dejándome llevar por el abrazo de uno de los bailarines, sonriente. Muerto.
Las tempestades abundaban y la música proseguía. Seguíamos bailando mientras los ejércitos enemigos, entraban encolerizados en la aldea pesquera y apagaban la fogata imaginaria con estocadas mortíferas que invitaban al eterno óbito. Me sentí impotente, mucho. Y ya sabéis cómo se las gasta esa endiablada. Te mata casi tanto como la indiferencia de los que bailaban a mí alrededor. ¿Por qué nadie hacia nada por salvar aquello a lo que tanto apreciaba?
Súbitamente, un dios hizo acto de presencia, tomó una batuta mágica y empezó a guiar la danza del adiós. Los caídos en batalla resucitaron con los ojos vacíos y los soldados se inclinaron ante su señor. Tenía miedo, mucho. No quería doblegarme a la rendición, no le debía ningún tipo de devoción a ese extraño dios. Éste sonrió.
- No quiero bailar, el barco de nuestros ideales se hunde. La gente finge no saber nada, la gente se pierde. Ellos olvidan. Ellos mueren.
- ¡Y qué piensas hacer, eh?-
- Vivir.-
- Sabes que no merece la pena, sería más cómodo que te dejaras perder.-
- Me niego... ¡No, soltadme, he dicho que me niego!- Me tomaron de las manos para seguir bailando. Me conducían a una fogata. No, no podía permitirlo. ¡No podía!
- Ríndete.-
- ¡Jamás! Que ardan los mares y caigan los cielos que por él lucharé. ¡Que las guerras recojan las flores de primavera y que las armas rieguen perlas de amor sobre los lagos que acogen nuestros corazones. Que torne el navío. Que los muertos mueran y los vivos, aprendan a vivir.-
Entonces apareció un haz de luz y...
Se ha perdido la señal. ¿Qué habrá ocurrido?
Continuará. (Quizá)
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Eruriel Minai Oloori