Cuenta la leyenda que tiempo ha, todo niño nacido establecía un vínculo extraterrenal con un hada. Un ser luminiscente que en otro tiempo y otra era, moraba en el cielo en forma de estela. Ella representaba la deshumanización positiva, la pureza del ser que trascendía los límites de la prisión de carne que ahogaba los cánticos etéreos que susurraban versos puros para el ser y desgajados para el hombre.
Por desgracia, toda hermosa leyenda posee una amarga tesitura.
Las huestes del caos se alzaron no contra aquellos entes divinos, sino contra sus portadores: poderosos en lo tangible y débiles en espíritu. A diferencia de las hadas, podían sentir sus cabellos luchando contra el viento, la lluvia acariciando su rostro, la sombra de los árboles acunando su sueño y los rayos del sol envolviendo su piel, no obstante, sus mentes se detenían en el deleite efímero y no en lo trascendental, el más allá. Fue tal su ceguera que jamás descubrieron que los elementos no eran más que vehículos que hacían posibles los viajes del alma hacia la libertad. Dado que no alcanzaron esa sapiencia divina, el enemigo enarboló lanzas de crueldad y egoísmo contra su ignorancia. Los portadores, antaño de ojos claros y mirada soñadora sucumbieron ante las bestias que tomaron como rehén lo más sagrado que poseían: sus hadas, la única esperanza que les quedaba para partir al oeste y alcanzar lo sublime. El equilibrio, la conexión con las raíces que enlazan todas y cada una de sus vidas: las ramas del Yggdrasil.
Primero en adictos de lo emocional se tornaron, después su vacío abismal les empujó al anhelo enfermizo de afanar algo que ya habían olvidado y finalmente, en monstruos espoleados por las emociones corrompidas que moraban en sus mentes se convirtieron. Así fue como nacieron el egoísmo y la codicia.
Por fortuna, no todo estaba perdido. Uno de los portadores logró escapar de la cruenta batalla que en sus bosques se estaba llevando a cabo. Corrió y corrió como si no hubiera mañana hasta que encontró un hermoso bosque alejado de todo mirar ajeno a lo sublime , llegó a un pequeño claro y entonces, renunció a su compañera no sin lágrimas de desazón en los ojos y plantó a orillas de un lago a ese hermoso espíritu incandescente.
- Ahora formaras parte del equilibrio regido por madre. Vuela, pequeña mía, vuela allá donde no exista el mal. Vuela más allá del viento, el mar, el cielo y la tierra. Conviértete en música. Escapa de tu prisión corpórea y alcanza la sabiduría que otros olvidaron aun sin saber de su existencia. Yo seré quien les hable de ti, quien se manifieste en sus libros y obras pictóricas. Quien les recuerde que hay un mundo más allá.
Sí, eso voy a ser. El recuerdo. Enyale.



2 comentarios:
Me ha resultado un relato agradable y optimista, ya que de todo lo negativo puede surgir la belleza. Sigue así ^.^
He ahí el equilibrio entre el orden y el caos.
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