No salí a la calle, pero permanecí toda la tarde con las botas puestas, la pantalla apagada y la música intentando sosegar mis oídos como si esperara que ocurriera algo parecido a un milagro, pero no pasó nada. Busqué en cada silencio y en cada compás un deje de esperanza, una mano, un ápice de mi felicidad perdida... un atisbo de mi propio ser. Pero fue en vano.
Entonces quise ir a por mi última cerveza y mis últimas patatas fritas.
Pero, como siempre, tuve miedo.
Así es como el ciclo se repite, repite y repite hasta el fin siguiendo con ansia una ruta de senderos mal pavimentados, escuchando las voces de quienes arrancan adoquines del suelo y abrazando con frenesí un hermoso cortinaje de agujas ensangrentadas que invitaban a derramar nuevos y sollozantes desasosiegos distintos al resto, pero similares en esencia. La agonía se vistió de pesar y extendió largas alfombras de cristal dignas de acoger al mismísimo dios del universo y del más allá entre sus inconstantes oleajes impregnados de rubíes, pero nadie cruzó el umbral. ¿Quién querría caminar descalzo entre cristales escarchados? Ni siquiera yo podía moverme.
No salí a la calle, pero permanecí toda la noche intentando ahogar la pérdida entre palabras y espejismos que reconfortaban viejas poesías.
Entonces quise encontrar mi último escrito y beberme el último trago de zumo de naranja.
Pero, como siempre, tuve miedo.
Como siempre, esa estúpida enfermedad llamada Esperanza seguía arropándome con su cortina de púas.
Como siempre, era incapaz de expresar nada.
Como siempre, el camino más corto hacia la libertad se me antojaba demasiado eterno como para poder encajarlo.
Que alguien me devuelva mi armadura porque sin ella, tengo miedo.




2 comentarios:
Pues aprovechando esta vena creativa deberías escribir la historia de la familia de Lyriel y la de ciertos hibbits, eso sin olvidar cierto relato que dijiste que merecía cierta escena. :p
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