Conozco bien esa dieta, esa forma de vida.
Aquello de lo que te alimentas día tras día.
O de lo que pretendes alimentarte. 
No te preocupes por mí, criatura maldita.

Sé también cómo te bebes las cervezas, 
como sonríes de medio lado imaginando
que es el silencio quien acaricia tus labios
y no las cicatrices que te provocaron unos versos
que alguien arrojó donde habita el olvido.

Aún están ahí, ¿verdad?
En el umbral que separa tu lecho del resto del mundo. 
En el puente donde muere lo imperecedero 
y los poemas que jamás fueron escritos.

No me hables de cómo quedaré atrapada entre tus fauces,
de cómo mi corazón llenará tu paladar de aquello que tanto ansías. 
Sé bien lo que demanda esa mirada viperina. 
Puedo leer los acertijos que compones entre palabra y palabra, 
puedo sentir esa muerte que afanas darme. Fría, liberadora.
Tan cálida como un rayo de sol.

No necesitas retenerme, ni siquiera advertirme. 
Pues tú también corres peligro, maldita criatura. 
Es por ello por lo que, precisamente, estamos a salvo.
Y no al mismo tiempo. 
Pues sé que nada te atraería más que una causa perdida.
No me equivoco, ¿verdad? Oh, claro que no. 

¿Qué no embaucaría más que la peligrosidad
de escapar de la banalidad del mundo real? 
¿Qué nos seduciría más que el misterio
que encierra una sonrisa enigmática
y una cerveza que sabe a tequila? 

Yo también me he bebido muchos corazones
a costa de saciar la sed que lacraba mi espíritu. 
Yo también sé que no todos los besos se dan con los labios,
que no todas las batallas se libran con espadas
y que algunos orgasmos, los escupe la mente. 

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Eru


Aquel estaba siendo el día más largo de toda mi vida. 


Un día para descender a las profundidades del averno, lanzar el eco de esperanza que elevaría los espíritus de todos aquellos que moraban sobre la pútrida Tharbad y sentir el viento rozando mi rostro. Un día de sufrimiento a cambio de lograr un bien mayor. 
Un día que en cuatro se había convertido. 

Mis compañeros y yo, tan hastiados como desesperados, pasamos largo rato deliberando qué hacer en relación con la terrorífica revelación que la causalidad había lanzado contra nosotros. Un rauko había sido quien había derramado sobre mi ciudad decadente el vaho mortífero que tantas lágrimas había arrancado y que tanto sufrimiento había sembrado en los corazones de todos y cada uno de los habitantes de Tharbad. La miseria, la penuria y el caos por primera vez habían dejado de ser conceptos abstractos, pues ahora había tomado la forma de pústulas blancas. 
Lo más sorprendente, era que dos seres humanos estaban detrás de todo esto; dos hechiceros -o al menos eso creí entender-. Todo lo que asumí fue que eran tipos tremendamente peligrosos. Lo más escalofriante era que sus mentes, tan retorcidas como punzantes, albergaran tanto mal. Tanta oscuridad.

Cuando  trazamos un plan para enfrentarnos al susodicho rauko, nos pusimos en marcha raudos como el viento. Me sentía diferente, era como si una lluvia de agua fría -cuanto las echo de menos- se hubiera derramado sobre mis pensamientos, como si cada gota congelara todas aquellas emociones que llenaban mi boca de desesperación. De inmadurez. Aquella lluvia era Galadhil. Lluvia que paradógicamente había evitado mi partida a los salones. El recuerdo de una conversación reciente se adueñó de mi memoria:

- Tienes un gran potencial que estás desperdiciando. Nos hemos jugado la vida por protegerte, por que eches esa cura al lugar correspondiente y salves tu ciudad. Y como respuesta sólo recibimos gritos, soberbia y desdén. Ser dúnadan no consiste en creerse por encima, sino aprender a ser humilde y guiar a quienes lo necesiten. Eso es lo que hace superior a una persona. Si necesitas algo, dímelo a mí o a cualquier otro, me es indiferente. Pero no te lo guardes, porque así nos pones en peligro a todos. -

Tras aquello me limité a contarle cómo me sentía, me disculpé con sinceridad y no pude hacer más que agachar la cabeza, pues creo que jamás había oído tantas verdades en tan pocos segundos. La respuesta de Galadhil fue nada más y nada menos que un abrazo enternecedor y cálido. Un abrazo que para mí estaba lleno de comprensión. Me conmoví e interioricé sus gélidas palabras junto con aquel gesto que verdaderamente necesitaba. Su calor, tan frío como ardiente, me había llenado de fuerzas, había despejado la tempestad de mi mente y, de alguna manera, me hizo despertar.



La riada que por fortuna  habían detectado mis compañeros era tan terrorífica como mortífera. Las alcantarillas temblaban y temblaban de pánico como si el palpitar de sus corazones se materializara en los temblores que estábamos experimentando, como si toda la oscuridad que abrazaba tan desagradable paraje mermara en pos a la ira de Ulmo. Por un momento me quedé petrificada, pues no sabía si el susodicho temblor se trataba realmente de la cólera del valar o si, por contra, eran mis piernas presas del pánico. El tirón de Bruno me estabilizó y corrimos hacia lo que sería nuestra salvación, la cual desgraciadamente ni él, ni Sancho ni yo habíamos alcanzado. O al menos eso es lo que creía entonces.

A partir de aquí los recuerdos son confusos, tanto como los de cierto lugar en llamas donde quedó una parte de mí sepultada para siempre. Sólo recuerdo un sueño: el calor de un abrazo que desprendía ternura, el beso tranquilizador de una madre y un candil que cada noche dejaba al costado de mi lecho para ahuyentar el miedo que tenía de la oscuridad. También había un pasillo lleno de cuadros, polvo y luz. Mucha luz. Una luz incandescente que era capaz de iluminar hasta el más oscuro de los pozos sin fondo, un fulgor que recorrió todo mi cuerpo envolviéndolo de calor. Era como si el abrazo de madre hubiera derramado sobre mí toda su esencia, la cual se perdió en forma de eco cuando un susurro se propagó poco a poco hasta llegar al fondo de ese pasillo. 

- Aun tienes algo que hacer, hija mía. Recuerda: la estrella más brillante no es la que centellea en el firmamento, sino la que reside en tu interior y en la de tus compañeros. Nunca lo olvides.- 

Tras escuchar aquellas palabras, súbitamente la luz se apagó junto con un beso que depositó sobre mis labios. Un beso de buenas noches que, acompañado del sonido de una puerta cerrándose, me había devuelto a la realidad. De pronto, me encontré rodeada de agua, mucha agua. Sentí que me ahogaba, pero cuando la desesperación por huir de la muerte se había apoderado de mí, me percaté de que otros labios me estaban llenando de vida en ese instante: los de una sombra oscura que, pese al frío, se me había antojado lo más cálido del universo. Ella me elevaba, me devolvía poco a poco a mi mundo. Entonces, me agarré a ese ente con firmeza, pues sabía que su calor era lo único capaz de librarme de la muerte, lo único que me hacía pensar que el dolor de mi cuerpo, era nimio. ¿Acaso era madre?.  Finalmente, el milagro de negro nos condujo hacia el exterior y pude por fin dar mi primera bocanada de aire. Una bocanada asquerosa, fétida y rancia. Pero quizá fue la que más me supo a gloria. 

La sombra era nada más ni nada menos que Galadhil, mi guardaespaldas -o así ya le consideraba-. Le miré como si de un enviado de los valar se tratara, pues a él le debía mi vida. Se había enfrentado a la cólera de Ulmo y, milagrosamente, me había sacado de ahí. Jamás sentí tan de cerca el temor de ver toda una existencia destinada a grandes acciones, desaparecería. Y no por obra de un demonio o de un mago malvado, sino por obra del agua. 

Desconocía cómo había logrado dar conmigo, pues recordaba que la riada me había alcanzado. Sólo sabía que ese calor, esa ternura que sentí estando al borde de la muerte al igual que el beso que madre me dio en sueños, no fue del todo irreal. De alguna manera intuí que si seguía caminando entre los vivos no fue a causa de su fuerza, sino de su afán de mantenerme con vida. Debajo de esa capa de gélida seriedad, de mordacidad y, a veces, de comentarios punzantes que herían mi sensibilidad, encontré por segunda vez un calor que me recordaba a mi hogar. Sonreí para mis adentros y contemplé con disimulo a mi héroe vestido de negro. 

<< Tienes razón, madre. Gracias. >>

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Eruriel

Este relato está basado en una escena que ocurrió en la partida de rol en la que juego junto con otros compañeros. Lo publico en mi blog porque además de que me encantó, no me siento disgustada con el resultado del escrito. Lyriel, quien habla en primera persona, es mi personaje. Galadhil, el salvador de doncellas en apuros, es un dúnadan genial cuya jugadora lo es aún más. 



El ocaso tiñe de ámbar el telón del firmamento allá donde la luz del sol realizó una última reverencia antes de finalizar con su función. El fulgor de junio se desvaneció junto con el  vitorear que las gaviotas dejaron escapar en honor a unos pensamientos que se fueron perdiendo paulatinamente en el horizonte llameante.

Adoraba recrearme entre aquellos  murmullos que invitaban a sumergirse en un cuento perenne donde las espadas eran flores y el dolor, el canto de una sirena que había perdido a su marinero. Sólo el océano poseía el don de evocar tales sensaciones. Sólo éste fue capaz de crear una mano invisible y plegar mis alas extenuadas. Él sabía que ellas  estaban cansadas de surcar la galerna que llevaba consigo recuerdos lacerados que apestaban a lacre. 



El mar sonreía.

Su rumor hablaba sobre historias de otros tiempos en diferentes lenguas que ni la propia madre naturaleza conocía. Era tan bello... tan incomprendido. Podía escuchar su carcajear y su respiración entrecortada cada vez que recordaba su cita con la dama del viento, de hecho, me enternecía contemplar las distintas tonalidades que tomaba el oleaje por cada historia, pues al parecer el gran azul elegía a placer qué estrellas bailaban para él en función de cómo se sintiera en ese instante. ¿Qué podía hacer yo con esta media sonrisa malhadada? Quería seguir imaginándome en esos parajes. Afanaba con todo mi ser vivir eternamente sumida en la catarsis que moraba en los suspiros de ese rumor imperecedero. Las horas pasaban y mis ojos se fueron perdiendo en el vaivén que dibujaba formas y siluetas pertenecientes a astros lejanos.


Súbitamente, una tonada en mi mente comenzó a materializarse en un ruego. Unos ecos me invitaban a sumergirme en su reino de nácar para perderme allí por siempre jamás. O quizá para encontrarme. Cuando pude percatarme de ello, mi cuerpo se hallaba casi por completo abrazado por el calor de las sábanas cerúleas. ¿Cómo no iba a enamorarme del océano? ¿Acaso alguien más era capaz de acoger en su seno a un ser vivo sin dejar un solo recoveco a merced de la melancolía? Esos abrazos son los que atrapan de por vida a un alma moribunda y los únicos capaces de mostrar el camino de vuelta a quien ha sucumbido a la afasia onírica. 

Es por ello que el agua aprendió a volar con la ayuda del viento. Su designio era aliviar la agonía de la tierra que padecía la enfermedad de lo efímero, pues el tiempo había herido su espíritu. El tiempo es el invento más cruel de los hombres, incluso más que el dinero. Nos encasilló en una monotonía organizada y, por encima de todo, nos arrebató la libertad de pensamiento. No era más que una ilusión que dividía los momentos en semanas, meses y eras cuando realmente, el día empieza con el alumbramiento del mundo y finaliza con el perecimiento del mismo. ¡Todos esos días son en realidad uno solo!

Ahora, más que nunca, deseaba despedirme del fulgor estival y del céfiro que portaba reminiscencias del norte. 

- ¡Que lluevan ensoñaciones lejanas y engaños maltrechos, que se pierdan entre los albores del tiempo! ¡A vos, honorable emperador del universo, os pido que bañéis el dolor que habita en el olvido y que hagáis que el anhelo de vivir en pos de un sueño no perturbe la calma del mundo! Salvadme, acogedme aquí y ahora, pues necesito que me abracéis hasta el fin de los tiempos. Permitid que me pierda en vuestro oleaje marino y por siempre, formar parte de este ciclo que iluminará a quienes todavía lloran por amor. - 

- Son las lágrimas de tal sentimiento el origen de la lluvia, pues cuando la sirena perdió a su marinero, su llanto imperecedero se fusionó con el océano, el viento transportó su eterna melancolía y se derramaron las primeras gotas de lluvia. Fue tal su pureza que de la tierra olvidada, nacieron las primeras flores de varios mundos. -

Me perdí en un eco lejano  y mi llanto se convirtió en la fuerza que iluminó a la flor más bella y resplandeciente de todas. Estuve presente en miles de tierras inimaginables y partí en busca de mi salvación gracias al impulso del océano, aquel que realmente supo abrazarme y besarme al corazón. Lloro por el recuerdo de lo utópico y sangra la vida esta pérdida lacerada, pero también sonrío... pues sé que más allá del engaño, en este atlas de diferentes astros, hay quienes se atrevieron a mirarme a los ojos.

Y también al amor y a la libertad.


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Eruriel 

Todos, absolutamente todos, portamos un demonio en nuestro interior. 

Ninguno de los aquí presentes formamos parte de este mundo y quizá, ni siquiera de otro. En algún momento de nuestra efímera existencia, una hermosa mujer de largos cabellos dorados acarició con un leve soplido sus manos, y de éstas, nosotros, el fruto de sus lágrimas de cristal, en mariposas nos convertimos y juntos aprendimos a volar como nunca antes nadie lo había hecho. Surcamos cielos, mares, tierras y océanos que escaparían de la comprensión de cualquier mortal incauto que, guiado por el impulso de su mariposa interior, se acabaría perdiendo en un vacío abismal colmado de dolor y melancolía por anhelar algo que desconoce.  Nosotros ayudamos al pintor del cielo a crear formas y castillos de algodón blanco susurrándole al oído canciones y maravillas que hablaban de nuestro lugar de origen, de una dimensión donde la propia razón no existe. Allí sólo hay lugar para la música, allí, todos somos canciones interpretadas por una orquesta sin fin. Allí sólo hay luz, colores inimaginables que iban más allá del azul o el verde y olor a océanos de paz y lavandas ambarinas. 

Pero, aquel viaje no era lo que todos deseábamos. Una mariposa, rompió una de las reglas impuestas por la mujer de cabellos dorados y se atrevió a surcar los cielos bajo la atenta mirada de los luceros que iluminaban el cielo. 

- Es tan hermoso... jamás había visto la noche. ¿Por qué nos prohibieron contemplarla? -
- Porque es en la oscuridad donde residen las más intensas pasiones y los más cruentos pesares. Lo bello es peligroso, efímero e hiriente, pero a la vez es lo único que nos mantiene vivos. - 
- ¿Vivos? No hablas como un mortal. ¿Qué eres? -
- Soy la estupidez encarnada, eso es todo. -
- ¿Eh? ¿Por qué lo dices? -
- Porque mi pecado también fue el mismo que el tuyo: me atreví a contemplar la penumbra aun cuando no nos estaba permitido. Descubrí cosas que jamás creerías y, por primera vez en toda mi vida, la escuché a ella. -
- ¿Ella? - 
- Sí, aquella que no cesa en su cántico. Miré a los ojos a las estrellas y muchas, impulsadas también por la magia nocturna, se dejaron caer a este nuestro infierno. Iluminaron mi espíritu y me contaron historias de otro lugar, de un paraje donde todas estas cosas no son prohibición. Eran amagos de respuesta. 
- Es por ello que a la mayoría, se le arrebató El Don. Si descubríais que no pertenecéis a este mundo, vuestro corazón empezaría a vaciarse, entonces, buscaríais consuelo en el amparo de la noche y llenaríais vuestra falta con melodías irreales, con sentimentalismos inefables y anhelos inexistentes. -
Pero yo sé que todo esto es cierto. El problema reside en que intento llenar este vacío, esta hemorragia espiritual que perturba mi sueño, quiero recuperar la sangre que perdí cuando derramé lágrimas en honor a otros que parecían haber saboreado el llanto de una flor o del propio color azul. Pero no, eran esbirros, raukos que insistían en castigarnos por aquel pecado que cometimos... nosotros... sólo queríamos contemplar las estrellas. ¡Nosotros sólo queríamos formar parte de ese lienzo eterno que alguien en el cielo pintó alguna vez! -
- Ella nos creo para vivir en armonía con aquello que nos rodea. Sólo pidió que no la miráramos directamente a los ojos. -

- Nací a partir de una gota de sangre. Necesitaba encontrar a mi otra mitad, necesitaba comprender, por qué la ira y el rencor invadían mi ser aun cuando me sentía en armonía con mi paz interior. El equilibrio se tambalea, los árboles mueren y mi poder, poco a poco, se va perdiendo con el paso de las eras. Algo va mal en algún otro lugar y sé que yo, no puedo salir de aquí, pues mi curiosidad ha sido pagada por mi propia libertad. -
- No te entiendo... - 
- Quizá Ulmo pueda decirte algo, pues sé que en él habita mi madre... un hermoso lago que representa ese lugar al que perteneces. - 
- ¿Una mariposa?- 
- Una niña. Solo un ser libre de la corrupción del temor y la sombra podría sembrar la semilla de un recuerdo lejano en un ente acabado de nacer. Si ella no existiera, yo no anhelaría. Si no anhelara, estaría tan muerta como mis semejantes. Si estuviera muerta, jamás tendría la oportunidad de aprender a vivir.- 

- Es imposible que una niña de a luz, va en contra del equilibrio. -
- ¿Y no va en contra del equilibrio el amor? -
- Empiezo a entender que lo único que va en contra del equilibrio, es la propia incertidumbre. - 


No salí a la calle, pero permanecí toda la tarde con las botas puestas, la pantalla apagada y la música intentando sosegar mis oídos como si esperara que ocurriera algo parecido a un milagro, pero no pasó nada. Busqué en cada silencio y en cada compás un deje de esperanza, una mano, un ápice de mi felicidad perdida... un atisbo de mi propio ser. Pero fue en vano.

Entonces quise ir a por mi última cerveza y mis últimas patatas fritas.

Pero, como siempre, tuve miedo.


Así es como el ciclo se repite, repite y repite hasta el fin siguiendo con ansia una ruta de senderos mal pavimentados, escuchando las voces de quienes arrancan adoquines del suelo y abrazando con frenesí un hermoso cortinaje de agujas ensangrentadas que invitaban a derramar nuevos  y sollozantes desasosiegos distintos al resto, pero similares en esencia. La agonía se vistió de pesar y extendió largas alfombras de cristal dignas de acoger al mismísimo dios del universo y del más allá entre sus inconstantes oleajes impregnados de rubíes,  pero nadie cruzó el umbral. ¿Quién querría caminar descalzo entre cristales escarchados? Ni siquiera yo podía moverme.


No salí a la calle, pero permanecí toda la noche intentando ahogar la pérdida entre palabras y espejismos que reconfortaban viejas poesías. 

Entonces quise encontrar mi último escrito y beberme el último trago de zumo de naranja.


Pero, como siempre, tuve miedo. 

Como siempre, esa estúpida enfermedad llamada Esperanza seguía arropándome con su cortina de púas.

Como siempre, era incapaz de expresar nada. 
Como siempre, el camino más corto hacia la libertad se me antojaba demasiado eterno como para poder encajarlo. 


Que alguien me devuelva mi armadura porque sin ella, tengo miedo. 


El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras moría su viejo corazón. 

Sus hojas, ahora desgajadas por el fuego estival, se lanzaron desde lo alto de un enorme acantilado siguiendo el consejo de unas voces sibilantes provenientes del viento. Viento. ¿Quién era el viento? Poseía una voz tan dulce, tan tentadora... evocaba sueños, cosas hermosas. Hablaba a menudo del mar, del cielo, de la ciudad y de las maravillas que se hallaban en el mundo exterior. 

- Dejaos llevar, pequeñas criaturas, dejaos guiar por la caricia de Manwë... no forma parte de vuestro destino vivir arraigadas. ¿Por qué encarnar el papel de una lágrima? -

- Es nuestro destino, ente de caricias melodiosas. Cada uno de nuestros nervios forman en conjunto el significado de una lágrima distinta. Somos la rabia, la tristeza, la felicidad, el miedo, el odio... -


El sauce lloraba. 

Lloraba.

Lloraba mientras rememoraba buenos y malos tiempos. 


- ¿Por qué, decidme? -
- Te lo acabamos de decir... formamos parte de él, pues nosotros damos sentido a su existencia. -



El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras se le partían los ramajes que sostentaban los últimos ápices de cordura que pendían de sus raíces. 


- Ahora entiendo por qué eres un árbol tan solitario. No puedes hablar. Das amparo a quienes buscan afanosamente la comodidad de tu cuerpo, la paz que tu suave aroma inspira. Das cobijo al viajero que se oculta tras tu majestuosidad intentando huir de algún que otro bandido que desgarraría su cuerpo esgrimiendo el arma de la maldad, de la codicia y del odio que en el mundo exterior se respira. 

El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras intentaba decir algo. 

- Proteges a aquellos juglares que susurran melodías que te proporcionan un estado anímico falso, una quimera que toma los hilos que marcan el danzar de tus emociones desgajadas. Toma el pincel del artista y, cubriendo su verdor con unos colores nunca vistos en esta parte del mundo, maquilló tus pensamientos y, en alguna ocasión no fue de tristeza tu llanto, sino de una felicidad indómita. ¡Creías que podías sentir la alegría perpetua acariciando tus cicatrices de guerra! Sí, ahora recuerdo aquella batalla...

El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mient... 

- ¡¡¡¡¡Por qué nadie me escucha cuando grito???? Lloro con desolación. Manwë, ¿es que no ves que están intentando cortar mi tronco esos humanos que guadañas ensangrentadas de resina y musgo portan? ¡¡Es que no ves que eres la primera hoja que decidió abandonarme? ¡¡No te das cuenta de que tú sembraste la semilla del anhelo? ¡¡¡ TÚ ERES MI LIBERTAD, mi libertad perdida. Vuelas, sientes, sueñas y vives a tu antojo. Yo estoy aquí, anclado, perdido. Desprotegido. ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí ahora que me encerrarán y no podré volver a verte nunca más?
- Sa-sauce... yo... -

- ¡NO! Nadie me escucha, ellos no pueden oírme. Soy una herramienta, soy el mal encarnado por no poder repeler el frío que a tantos corazones ha consumido. Por eso me están destruyendo, creen que sus ánimas infectadas por la picadura del escorpión que tanto ha azotado sus mentes,  encontrarán el camino de vuelta al caos que consideran orden. A la quimera que les proporciona la misma felicidad ilusoria que a mí me proporciona esos acordes que a veces traes de tan lejos.

Yo... sólo quiero ser libre.

Llorar en libertad siguiendo el mandato de mis lágrimas, siguiendo sus hermosas tonadas. Tú fuiste aquella que abandonó el ritmo que el tintinear de las estrellas del cielo compuso para nosotros, pero, sin duda. también fuiste la más hermosa.

- Porque fui quien te enseñó el mar, Sauce.- 

- Y quien me condenó, pues encarnas aquello que me ha sido arrebatado. Un anhelo perenne que... - El árbol empezó a caer - ... quizá alguna dríada plante justo aquí, en tu honor. Ya han oído el mensaje, pero no sé si lograrán salvarme...- 

- Eso es algo que deberás hacer tu mismo, Sauce, ahora tus amigas son libres de experimentar rabia enfermiza. Tristeza absoluta, amor verdadero, amistad incondicional y alegría desatada... Ahora son las emociones quienes gobiernan al cien por cien y, por ello, tu perecimiento es inevitable. Porque ellas esgrimen tus emociones. Sólo yo, la Libertad, el Viento, soy capaz de detener su flujo caótico, pues me encargaba de provocar que las exteriorizaras para evitar tu condena. La represión es el primer paso que nos guía hacia el automutilamiento del espíritu, hacia el engaño de la razón que vivía arraigada a la tierra que poseías bajo tus pies. Te enseñé a convivir con ellas, pero, en ocasiones, el veneno del escorpión hacia demasiado daño a tu corteza.

Ahora entiendo por qué en vez de correr, caminabas a paso vivo. Tenías miedo de tropezar.
Sí, el miedo es la única emoción capaz de alejarte de mi cometido.

Libertad.
Yo seré tu libertad.

El Viento.
Es por ello que, esos humanos, como puedes ver, no te han arrancado del todo, aun deseas ser libre, pero quieres tener los ojos abiertos para contemplar nuestra obra. 

- ¡Eh! Me habían matad...-
- Sí, de hecho estás muerto, pero ya te he dicho que no son ellos quienes gobiernan. -



Cuenta la leyenda que tiempo ha, todo niño nacido establecía un vínculo extraterrenal con un hada. Un ser luminiscente que en otro tiempo y otra era, moraba en el cielo en forma de estela. Ella representaba la deshumanización positiva, la pureza del ser que trascendía los límites de la prisión de carne que ahogaba los cánticos etéreos que susurraban versos puros para el ser y desgajados para el hombre.
Por desgracia, toda hermosa leyenda posee una amarga tesitura.

Las huestes del caos se alzaron no contra aquellos entes divinos, sino contra sus portadores: poderosos en lo tangible y débiles en espíritu. A diferencia de las hadas, podían sentir sus cabellos luchando contra el viento, la lluvia acariciando su rostro, la sombra de los árboles acunando su sueño y los rayos del sol envolviendo su piel, no obstante, sus mentes se detenían en el deleite efímero y no en lo trascendental, el más allá. Fue tal su ceguera que jamás descubrieron que los elementos no eran más que vehículos que hacían posibles los viajes del alma hacia la libertad. Dado que no alcanzaron esa sapiencia divina, el enemigo enarboló lanzas de crueldad y egoísmo contra su ignorancia. Los portadores, antaño de ojos claros y mirada soñadora sucumbieron ante las bestias que tomaron como rehén lo más sagrado que poseían: sus hadas, la única esperanza que les quedaba para partir al oeste y alcanzar lo sublime. El equilibrio, la conexión con las raíces que enlazan todas y cada una de sus vidas: las ramas del Yggdrasil.

Primero en adictos de lo emocional se tornaron, después su vacío abismal les empujó al anhelo enfermizo de afanar algo que ya habían olvidado y finalmente, en monstruos espoleados por las emociones corrompidas que moraban en sus mentes se convirtieron. Así fue como nacieron el egoísmo y la codicia.
Por fortuna, no todo estaba perdido. Uno de los portadores logró escapar de la cruenta batalla que en sus bosques se estaba llevando a cabo. Corrió y corrió como si no hubiera mañana hasta que encontró un hermoso bosque alejado de todo mirar ajeno a lo sublime , llegó a un pequeño claro y entonces, renunció a su compañera no sin lágrimas de desazón en los ojos y plantó a orillas de un lago a ese hermoso espíritu incandescente.

- Ahora formaras parte del equilibrio regido por madre. Vuela, pequeña mía, vuela allá donde no exista el mal. Vuela más allá del viento, el mar, el cielo y la tierra. Conviértete en música. Escapa de tu prisión corpórea y alcanza la sabiduría que otros olvidaron aun sin saber de su existencia. Yo seré quien les hable de ti, quien se manifieste en sus libros y obras pictóricas. Quien les recuerde que hay un mundo más allá.

Sí, eso voy a ser. El recuerdo. Enyale.

Bosques de Cristal

Paz y Belleza. Ellas son sin duda alguna, las protagonistas del paisaje nocturno que se halla ante ti. Los cielos poseen un fulgor violáceo y azul marino; un brillo perpetuo, una danza lumínica perpetua.
El aire que se respira es fresco y natural, muchos aseguran que semejante brisa milagrosa tan solo puede ser obra de una caricia celestial.
Y las aguas danzan tranquilamente al ritmo que marcan los vaivenes del viento.

A medida que vas avanzando, te percatas de algo extraño; A pocos metros de ti, puedes apreciar un pequeño grupo de árboles cristalizados. En sus troncos vidriosos se hallan unos penetrantes ojos záfiro que se clavan en los tuyos con una intensidad insólita. Te observan, te siguen de cerca...

-Saludos, viajero...- Susurra una voz en tu mente. -En éste lugar a través nuestros rostros cristal, encontrarás textos, algún que otro dibujo y quizá audiorelatos. Se trata de la pequeña creación de una muchacha que a veces dedica su tiempo libre en éste tipo de cosas.-Pausa.- Y sin más dilación, te doy la bienvenida. Espero que disfrutes de tu estancia.-

Murmullos del viento

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