Aquel estaba siendo el día más largo de toda mi vida.
Un día para descender a las profundidades del averno, lanzar el eco de esperanza que elevaría los espíritus de todos aquellos que moraban sobre la pútrida Tharbad y sentir el viento rozando mi rostro. Un día de sufrimiento a cambio de lograr un bien mayor.
Un día que en cuatro se había convertido.
Mis compañeros y yo, tan hastiados como desesperados, pasamos largo rato deliberando qué hacer en relación con la terrorífica revelación que la causalidad había lanzado contra nosotros. Un rauko había sido quien había derramado sobre mi ciudad decadente el vaho mortífero que tantas lágrimas había arrancado y que tanto sufrimiento había sembrado en los corazones de todos y cada uno de los habitantes de Tharbad. La miseria, la penuria y el caos por primera vez habían dejado de ser conceptos abstractos, pues ahora había tomado la forma de pústulas blancas.
Lo más sorprendente, era que dos seres humanos estaban detrás de todo esto; dos hechiceros -o al menos eso creí entender-. Todo lo que asumí fue que eran tipos tremendamente peligrosos. Lo más escalofriante era que sus mentes, tan retorcidas como punzantes, albergaran tanto mal. Tanta oscuridad.
Cuando trazamos un plan para enfrentarnos al susodicho rauko, nos pusimos en marcha raudos como el viento. Me sentía diferente, era como si una lluvia de agua fría -cuanto las echo de menos- se hubiera derramado sobre mis pensamientos, como si cada gota congelara todas aquellas emociones que llenaban mi boca de desesperación. De inmadurez. Aquella lluvia era Galadhil. Lluvia que paradógicamente había evitado mi partida a los salones. El recuerdo de una conversación reciente se adueñó de mi memoria:
- Tienes un gran potencial que estás desperdiciando. Nos hemos jugado la vida por protegerte, por que eches esa cura al lugar correspondiente y salves tu ciudad. Y como respuesta sólo recibimos gritos, soberbia y desdén. Ser dúnadan no consiste en creerse por encima, sino aprender a ser humilde y guiar a quienes lo necesiten. Eso es lo que hace superior a una persona. Si necesitas algo, dímelo a mí o a cualquier otro, me es indiferente. Pero no te lo guardes, porque así nos pones en peligro a todos. -
Tras aquello me limité a contarle cómo me sentía, me disculpé con sinceridad y no pude hacer más que agachar la cabeza, pues creo que jamás había oído tantas verdades en tan pocos segundos. La respuesta de Galadhil fue nada más y nada menos que un abrazo enternecedor y cálido. Un abrazo que para mí estaba lleno de comprensión. Me conmoví e interioricé sus gélidas palabras junto con aquel gesto que verdaderamente necesitaba. Su calor, tan frío como ardiente, me había llenado de fuerzas, había despejado la tempestad de mi mente y, de alguna manera, me hizo despertar.
La riada que por fortuna habían detectado mis compañeros era tan terrorífica como mortífera. Las alcantarillas temblaban y temblaban de pánico como si el palpitar de sus corazones se materializara en los temblores que estábamos experimentando, como si toda la oscuridad que abrazaba tan desagradable paraje mermara en pos a la ira de Ulmo. Por un momento me quedé petrificada, pues no sabía si el susodicho temblor se trataba realmente de la cólera del valar o si, por contra, eran mis piernas presas del pánico. El tirón de Bruno me estabilizó y corrimos hacia lo que sería nuestra salvación, la cual desgraciadamente ni él, ni Sancho ni yo habíamos alcanzado. O al menos eso es lo que creía entonces.
A partir de aquí los recuerdos son confusos, tanto como los de cierto lugar en llamas donde quedó una parte de mí sepultada para siempre. Sólo recuerdo un sueño: el calor de un abrazo que desprendía ternura, el beso tranquilizador de una madre y un candil que cada noche dejaba al costado de mi lecho para ahuyentar el miedo que tenía de la oscuridad. También había un pasillo lleno de cuadros, polvo y luz. Mucha luz. Una luz incandescente que era capaz de iluminar hasta el más oscuro de los pozos sin fondo, un fulgor que recorrió todo mi cuerpo envolviéndolo de calor. Era como si el abrazo de madre hubiera derramado sobre mí toda su esencia, la cual se perdió en forma de eco cuando un susurro se propagó poco a poco hasta llegar al fondo de ese pasillo.
- Aun tienes algo que hacer, hija mía. Recuerda: la estrella más brillante no es la que centellea en el firmamento, sino la que reside en tu interior y en la de tus compañeros. Nunca lo olvides.-
Tras escuchar aquellas palabras, súbitamente la luz se apagó junto con un beso que depositó sobre mis labios. Un beso de buenas noches que, acompañado del sonido de una puerta cerrándose, me había devuelto a la realidad. De pronto, me encontré rodeada de agua, mucha agua. Sentí que me ahogaba, pero cuando la desesperación por huir de la muerte se había apoderado de mí, me percaté de que otros labios me estaban llenando de vida en ese instante: los de una sombra oscura que, pese al frío, se me había antojado lo más cálido del universo. Ella me elevaba, me devolvía poco a poco a mi mundo. Entonces, me agarré a ese ente con firmeza, pues sabía que su calor era lo único capaz de librarme de la muerte, lo único que me hacía pensar que el dolor de mi cuerpo, era nimio. ¿Acaso era madre?. Finalmente, el milagro de negro nos condujo hacia el exterior y pude por fin dar mi primera bocanada de aire. Una bocanada asquerosa, fétida y rancia. Pero quizá fue la que más me supo a gloria.
La sombra era nada más ni nada menos que Galadhil, mi guardaespaldas -o así ya le consideraba-. Le miré como si de un enviado de los valar se tratara, pues a él le debía mi vida. Se había enfrentado a la cólera de Ulmo y, milagrosamente, me había sacado de ahí. Jamás sentí tan de cerca el temor de ver toda una existencia destinada a grandes acciones, desaparecería. Y no por obra de un demonio o de un mago malvado, sino por obra del agua.
Desconocía cómo había logrado dar conmigo, pues recordaba que la riada me había alcanzado. Sólo sabía que ese calor, esa ternura que sentí estando al borde de la muerte al igual que el beso que madre me dio en sueños, no fue del todo irreal. De alguna manera intuí que si seguía caminando entre los vivos no fue a causa de su fuerza, sino de su afán de mantenerme con vida. Debajo de esa capa de gélida seriedad, de mordacidad y, a veces, de comentarios punzantes que herían mi sensibilidad, encontré por segunda vez un calor que me recordaba a mi hogar. Sonreí para mis adentros y contemplé con disimulo a mi héroe vestido de negro.
<< Tienes razón, madre. Gracias. >>
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Eruriel
Este relato está basado en una escena que ocurrió en la partida de rol en la que juego junto con otros compañeros. Lo publico en mi blog porque además de que me encantó, no me siento disgustada con el resultado del escrito. Lyriel, quien habla en primera persona, es mi personaje. Galadhil, el salvador de doncellas en apuros, es un dúnadan genial cuya jugadora lo es aún más.









