El ocaso tiñe de ámbar el telón del firmamento allá donde la luz del sol realizó una última reverencia antes de finalizar con su función. El fulgor de junio se desvaneció junto con el  vitorear que las gaviotas dejaron escapar en honor a unos pensamientos que se fueron perdiendo paulatinamente en el horizonte llameante.

Adoraba recrearme entre aquellos  murmullos que invitaban a sumergirse en un cuento perenne donde las espadas eran flores y el dolor, el canto de una sirena que había perdido a su marinero. Sólo el océano poseía el don de evocar tales sensaciones. Sólo éste fue capaz de crear una mano invisible y plegar mis alas extenuadas. Él sabía que ellas  estaban cansadas de surcar la galerna que llevaba consigo recuerdos lacerados que apestaban a lacre. 



El mar sonreía.

Su rumor hablaba sobre historias de otros tiempos en diferentes lenguas que ni la propia madre naturaleza conocía. Era tan bello... tan incomprendido. Podía escuchar su carcajear y su respiración entrecortada cada vez que recordaba su cita con la dama del viento, de hecho, me enternecía contemplar las distintas tonalidades que tomaba el oleaje por cada historia, pues al parecer el gran azul elegía a placer qué estrellas bailaban para él en función de cómo se sintiera en ese instante. ¿Qué podía hacer yo con esta media sonrisa malhadada? Quería seguir imaginándome en esos parajes. Afanaba con todo mi ser vivir eternamente sumida en la catarsis que moraba en los suspiros de ese rumor imperecedero. Las horas pasaban y mis ojos se fueron perdiendo en el vaivén que dibujaba formas y siluetas pertenecientes a astros lejanos.


Súbitamente, una tonada en mi mente comenzó a materializarse en un ruego. Unos ecos me invitaban a sumergirme en su reino de nácar para perderme allí por siempre jamás. O quizá para encontrarme. Cuando pude percatarme de ello, mi cuerpo se hallaba casi por completo abrazado por el calor de las sábanas cerúleas. ¿Cómo no iba a enamorarme del océano? ¿Acaso alguien más era capaz de acoger en su seno a un ser vivo sin dejar un solo recoveco a merced de la melancolía? Esos abrazos son los que atrapan de por vida a un alma moribunda y los únicos capaces de mostrar el camino de vuelta a quien ha sucumbido a la afasia onírica. 

Es por ello que el agua aprendió a volar con la ayuda del viento. Su designio era aliviar la agonía de la tierra que padecía la enfermedad de lo efímero, pues el tiempo había herido su espíritu. El tiempo es el invento más cruel de los hombres, incluso más que el dinero. Nos encasilló en una monotonía organizada y, por encima de todo, nos arrebató la libertad de pensamiento. No era más que una ilusión que dividía los momentos en semanas, meses y eras cuando realmente, el día empieza con el alumbramiento del mundo y finaliza con el perecimiento del mismo. ¡Todos esos días son en realidad uno solo!

Ahora, más que nunca, deseaba despedirme del fulgor estival y del céfiro que portaba reminiscencias del norte. 

- ¡Que lluevan ensoñaciones lejanas y engaños maltrechos, que se pierdan entre los albores del tiempo! ¡A vos, honorable emperador del universo, os pido que bañéis el dolor que habita en el olvido y que hagáis que el anhelo de vivir en pos de un sueño no perturbe la calma del mundo! Salvadme, acogedme aquí y ahora, pues necesito que me abracéis hasta el fin de los tiempos. Permitid que me pierda en vuestro oleaje marino y por siempre, formar parte de este ciclo que iluminará a quienes todavía lloran por amor. - 

- Son las lágrimas de tal sentimiento el origen de la lluvia, pues cuando la sirena perdió a su marinero, su llanto imperecedero se fusionó con el océano, el viento transportó su eterna melancolía y se derramaron las primeras gotas de lluvia. Fue tal su pureza que de la tierra olvidada, nacieron las primeras flores de varios mundos. -

Me perdí en un eco lejano  y mi llanto se convirtió en la fuerza que iluminó a la flor más bella y resplandeciente de todas. Estuve presente en miles de tierras inimaginables y partí en busca de mi salvación gracias al impulso del océano, aquel que realmente supo abrazarme y besarme al corazón. Lloro por el recuerdo de lo utópico y sangra la vida esta pérdida lacerada, pero también sonrío... pues sé que más allá del engaño, en este atlas de diferentes astros, hay quienes se atrevieron a mirarme a los ojos.

Y también al amor y a la libertad.


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Eruriel 

Todos, absolutamente todos, portamos un demonio en nuestro interior. 

Ninguno de los aquí presentes formamos parte de este mundo y quizá, ni siquiera de otro. En algún momento de nuestra efímera existencia, una hermosa mujer de largos cabellos dorados acarició con un leve soplido sus manos, y de éstas, nosotros, el fruto de sus lágrimas de cristal, en mariposas nos convertimos y juntos aprendimos a volar como nunca antes nadie lo había hecho. Surcamos cielos, mares, tierras y océanos que escaparían de la comprensión de cualquier mortal incauto que, guiado por el impulso de su mariposa interior, se acabaría perdiendo en un vacío abismal colmado de dolor y melancolía por anhelar algo que desconoce.  Nosotros ayudamos al pintor del cielo a crear formas y castillos de algodón blanco susurrándole al oído canciones y maravillas que hablaban de nuestro lugar de origen, de una dimensión donde la propia razón no existe. Allí sólo hay lugar para la música, allí, todos somos canciones interpretadas por una orquesta sin fin. Allí sólo hay luz, colores inimaginables que iban más allá del azul o el verde y olor a océanos de paz y lavandas ambarinas. 

Pero, aquel viaje no era lo que todos deseábamos. Una mariposa, rompió una de las reglas impuestas por la mujer de cabellos dorados y se atrevió a surcar los cielos bajo la atenta mirada de los luceros que iluminaban el cielo. 

- Es tan hermoso... jamás había visto la noche. ¿Por qué nos prohibieron contemplarla? -
- Porque es en la oscuridad donde residen las más intensas pasiones y los más cruentos pesares. Lo bello es peligroso, efímero e hiriente, pero a la vez es lo único que nos mantiene vivos. - 
- ¿Vivos? No hablas como un mortal. ¿Qué eres? -
- Soy la estupidez encarnada, eso es todo. -
- ¿Eh? ¿Por qué lo dices? -
- Porque mi pecado también fue el mismo que el tuyo: me atreví a contemplar la penumbra aun cuando no nos estaba permitido. Descubrí cosas que jamás creerías y, por primera vez en toda mi vida, la escuché a ella. -
- ¿Ella? - 
- Sí, aquella que no cesa en su cántico. Miré a los ojos a las estrellas y muchas, impulsadas también por la magia nocturna, se dejaron caer a este nuestro infierno. Iluminaron mi espíritu y me contaron historias de otro lugar, de un paraje donde todas estas cosas no son prohibición. Eran amagos de respuesta. 
- Es por ello que a la mayoría, se le arrebató El Don. Si descubríais que no pertenecéis a este mundo, vuestro corazón empezaría a vaciarse, entonces, buscaríais consuelo en el amparo de la noche y llenaríais vuestra falta con melodías irreales, con sentimentalismos inefables y anhelos inexistentes. -
Pero yo sé que todo esto es cierto. El problema reside en que intento llenar este vacío, esta hemorragia espiritual que perturba mi sueño, quiero recuperar la sangre que perdí cuando derramé lágrimas en honor a otros que parecían haber saboreado el llanto de una flor o del propio color azul. Pero no, eran esbirros, raukos que insistían en castigarnos por aquel pecado que cometimos... nosotros... sólo queríamos contemplar las estrellas. ¡Nosotros sólo queríamos formar parte de ese lienzo eterno que alguien en el cielo pintó alguna vez! -
- Ella nos creo para vivir en armonía con aquello que nos rodea. Sólo pidió que no la miráramos directamente a los ojos. -

- Nací a partir de una gota de sangre. Necesitaba encontrar a mi otra mitad, necesitaba comprender, por qué la ira y el rencor invadían mi ser aun cuando me sentía en armonía con mi paz interior. El equilibrio se tambalea, los árboles mueren y mi poder, poco a poco, se va perdiendo con el paso de las eras. Algo va mal en algún otro lugar y sé que yo, no puedo salir de aquí, pues mi curiosidad ha sido pagada por mi propia libertad. -
- No te entiendo... - 
- Quizá Ulmo pueda decirte algo, pues sé que en él habita mi madre... un hermoso lago que representa ese lugar al que perteneces. - 
- ¿Una mariposa?- 
- Una niña. Solo un ser libre de la corrupción del temor y la sombra podría sembrar la semilla de un recuerdo lejano en un ente acabado de nacer. Si ella no existiera, yo no anhelaría. Si no anhelara, estaría tan muerta como mis semejantes. Si estuviera muerta, jamás tendría la oportunidad de aprender a vivir.- 

- Es imposible que una niña de a luz, va en contra del equilibrio. -
- ¿Y no va en contra del equilibrio el amor? -
- Empiezo a entender que lo único que va en contra del equilibrio, es la propia incertidumbre. - 


No salí a la calle, pero permanecí toda la tarde con las botas puestas, la pantalla apagada y la música intentando sosegar mis oídos como si esperara que ocurriera algo parecido a un milagro, pero no pasó nada. Busqué en cada silencio y en cada compás un deje de esperanza, una mano, un ápice de mi felicidad perdida... un atisbo de mi propio ser. Pero fue en vano.

Entonces quise ir a por mi última cerveza y mis últimas patatas fritas.

Pero, como siempre, tuve miedo.


Así es como el ciclo se repite, repite y repite hasta el fin siguiendo con ansia una ruta de senderos mal pavimentados, escuchando las voces de quienes arrancan adoquines del suelo y abrazando con frenesí un hermoso cortinaje de agujas ensangrentadas que invitaban a derramar nuevos  y sollozantes desasosiegos distintos al resto, pero similares en esencia. La agonía se vistió de pesar y extendió largas alfombras de cristal dignas de acoger al mismísimo dios del universo y del más allá entre sus inconstantes oleajes impregnados de rubíes,  pero nadie cruzó el umbral. ¿Quién querría caminar descalzo entre cristales escarchados? Ni siquiera yo podía moverme.


No salí a la calle, pero permanecí toda la noche intentando ahogar la pérdida entre palabras y espejismos que reconfortaban viejas poesías. 

Entonces quise encontrar mi último escrito y beberme el último trago de zumo de naranja.


Pero, como siempre, tuve miedo. 

Como siempre, esa estúpida enfermedad llamada Esperanza seguía arropándome con su cortina de púas.

Como siempre, era incapaz de expresar nada. 
Como siempre, el camino más corto hacia la libertad se me antojaba demasiado eterno como para poder encajarlo. 


Que alguien me devuelva mi armadura porque sin ella, tengo miedo. 


El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras moría su viejo corazón. 

Sus hojas, ahora desgajadas por el fuego estival, se lanzaron desde lo alto de un enorme acantilado siguiendo el consejo de unas voces sibilantes provenientes del viento. Viento. ¿Quién era el viento? Poseía una voz tan dulce, tan tentadora... evocaba sueños, cosas hermosas. Hablaba a menudo del mar, del cielo, de la ciudad y de las maravillas que se hallaban en el mundo exterior. 

- Dejaos llevar, pequeñas criaturas, dejaos guiar por la caricia de Manwë... no forma parte de vuestro destino vivir arraigadas. ¿Por qué encarnar el papel de una lágrima? -

- Es nuestro destino, ente de caricias melodiosas. Cada uno de nuestros nervios forman en conjunto el significado de una lágrima distinta. Somos la rabia, la tristeza, la felicidad, el miedo, el odio... -


El sauce lloraba. 

Lloraba.

Lloraba mientras rememoraba buenos y malos tiempos. 


- ¿Por qué, decidme? -
- Te lo acabamos de decir... formamos parte de él, pues nosotros damos sentido a su existencia. -



El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras se le partían los ramajes que sostentaban los últimos ápices de cordura que pendían de sus raíces. 


- Ahora entiendo por qué eres un árbol tan solitario. No puedes hablar. Das amparo a quienes buscan afanosamente la comodidad de tu cuerpo, la paz que tu suave aroma inspira. Das cobijo al viajero que se oculta tras tu majestuosidad intentando huir de algún que otro bandido que desgarraría su cuerpo esgrimiendo el arma de la maldad, de la codicia y del odio que en el mundo exterior se respira. 

El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mientras intentaba decir algo. 

- Proteges a aquellos juglares que susurran melodías que te proporcionan un estado anímico falso, una quimera que toma los hilos que marcan el danzar de tus emociones desgajadas. Toma el pincel del artista y, cubriendo su verdor con unos colores nunca vistos en esta parte del mundo, maquilló tus pensamientos y, en alguna ocasión no fue de tristeza tu llanto, sino de una felicidad indómita. ¡Creías que podías sentir la alegría perpetua acariciando tus cicatrices de guerra! Sí, ahora recuerdo aquella batalla...

El sauce lloraba.

Lloraba.

Lloraba mient... 

- ¡¡¡¡¡Por qué nadie me escucha cuando grito???? Lloro con desolación. Manwë, ¿es que no ves que están intentando cortar mi tronco esos humanos que guadañas ensangrentadas de resina y musgo portan? ¡¡Es que no ves que eres la primera hoja que decidió abandonarme? ¡¡No te das cuenta de que tú sembraste la semilla del anhelo? ¡¡¡ TÚ ERES MI LIBERTAD, mi libertad perdida. Vuelas, sientes, sueñas y vives a tu antojo. Yo estoy aquí, anclado, perdido. Desprotegido. ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí ahora que me encerrarán y no podré volver a verte nunca más?
- Sa-sauce... yo... -

- ¡NO! Nadie me escucha, ellos no pueden oírme. Soy una herramienta, soy el mal encarnado por no poder repeler el frío que a tantos corazones ha consumido. Por eso me están destruyendo, creen que sus ánimas infectadas por la picadura del escorpión que tanto ha azotado sus mentes,  encontrarán el camino de vuelta al caos que consideran orden. A la quimera que les proporciona la misma felicidad ilusoria que a mí me proporciona esos acordes que a veces traes de tan lejos.

Yo... sólo quiero ser libre.

Llorar en libertad siguiendo el mandato de mis lágrimas, siguiendo sus hermosas tonadas. Tú fuiste aquella que abandonó el ritmo que el tintinear de las estrellas del cielo compuso para nosotros, pero, sin duda. también fuiste la más hermosa.

- Porque fui quien te enseñó el mar, Sauce.- 

- Y quien me condenó, pues encarnas aquello que me ha sido arrebatado. Un anhelo perenne que... - El árbol empezó a caer - ... quizá alguna dríada plante justo aquí, en tu honor. Ya han oído el mensaje, pero no sé si lograrán salvarme...- 

- Eso es algo que deberás hacer tu mismo, Sauce, ahora tus amigas son libres de experimentar rabia enfermiza. Tristeza absoluta, amor verdadero, amistad incondicional y alegría desatada... Ahora son las emociones quienes gobiernan al cien por cien y, por ello, tu perecimiento es inevitable. Porque ellas esgrimen tus emociones. Sólo yo, la Libertad, el Viento, soy capaz de detener su flujo caótico, pues me encargaba de provocar que las exteriorizaras para evitar tu condena. La represión es el primer paso que nos guía hacia el automutilamiento del espíritu, hacia el engaño de la razón que vivía arraigada a la tierra que poseías bajo tus pies. Te enseñé a convivir con ellas, pero, en ocasiones, el veneno del escorpión hacia demasiado daño a tu corteza.

Ahora entiendo por qué en vez de correr, caminabas a paso vivo. Tenías miedo de tropezar.
Sí, el miedo es la única emoción capaz de alejarte de mi cometido.

Libertad.
Yo seré tu libertad.

El Viento.
Es por ello que, esos humanos, como puedes ver, no te han arrancado del todo, aun deseas ser libre, pero quieres tener los ojos abiertos para contemplar nuestra obra. 

- ¡Eh! Me habían matad...-
- Sí, de hecho estás muerto, pero ya te he dicho que no son ellos quienes gobiernan. -



Cuenta la leyenda que tiempo ha, todo niño nacido establecía un vínculo extraterrenal con un hada. Un ser luminiscente que en otro tiempo y otra era, moraba en el cielo en forma de estela. Ella representaba la deshumanización positiva, la pureza del ser que trascendía los límites de la prisión de carne que ahogaba los cánticos etéreos que susurraban versos puros para el ser y desgajados para el hombre.
Por desgracia, toda hermosa leyenda posee una amarga tesitura.

Las huestes del caos se alzaron no contra aquellos entes divinos, sino contra sus portadores: poderosos en lo tangible y débiles en espíritu. A diferencia de las hadas, podían sentir sus cabellos luchando contra el viento, la lluvia acariciando su rostro, la sombra de los árboles acunando su sueño y los rayos del sol envolviendo su piel, no obstante, sus mentes se detenían en el deleite efímero y no en lo trascendental, el más allá. Fue tal su ceguera que jamás descubrieron que los elementos no eran más que vehículos que hacían posibles los viajes del alma hacia la libertad. Dado que no alcanzaron esa sapiencia divina, el enemigo enarboló lanzas de crueldad y egoísmo contra su ignorancia. Los portadores, antaño de ojos claros y mirada soñadora sucumbieron ante las bestias que tomaron como rehén lo más sagrado que poseían: sus hadas, la única esperanza que les quedaba para partir al oeste y alcanzar lo sublime. El equilibrio, la conexión con las raíces que enlazan todas y cada una de sus vidas: las ramas del Yggdrasil.

Primero en adictos de lo emocional se tornaron, después su vacío abismal les empujó al anhelo enfermizo de afanar algo que ya habían olvidado y finalmente, en monstruos espoleados por las emociones corrompidas que moraban en sus mentes se convirtieron. Así fue como nacieron el egoísmo y la codicia.
Por fortuna, no todo estaba perdido. Uno de los portadores logró escapar de la cruenta batalla que en sus bosques se estaba llevando a cabo. Corrió y corrió como si no hubiera mañana hasta que encontró un hermoso bosque alejado de todo mirar ajeno a lo sublime , llegó a un pequeño claro y entonces, renunció a su compañera no sin lágrimas de desazón en los ojos y plantó a orillas de un lago a ese hermoso espíritu incandescente.

- Ahora formaras parte del equilibrio regido por madre. Vuela, pequeña mía, vuela allá donde no exista el mal. Vuela más allá del viento, el mar, el cielo y la tierra. Conviértete en música. Escapa de tu prisión corpórea y alcanza la sabiduría que otros olvidaron aun sin saber de su existencia. Yo seré quien les hable de ti, quien se manifieste en sus libros y obras pictóricas. Quien les recuerde que hay un mundo más allá.

Sí, eso voy a ser. El recuerdo. Enyale.


Ella prevalecerá. Eso es algo que todos intuimos y nadie manifiesta  quizá por arrogancia o quizá por miedo. Algo que se instala en nuestros adentros, algo que nos arranca suspiros de vanidad que pugnan contra el afán de abandonar un alarido infernal que no contento con apelar el nombre de la ascensión, teme descender y volar a ras de la desazón. Congela nuestras entrañas el miedo a que las ramas escondan los cielos del mañana, que redunden las ilusiones del ayer y que masacren los pilares construidos en honor al recuerdo y al sueño imperecedero. Dar un paso, sentir la caricia de las brumas del tiempo, dar otro paso y sentir que comienzas a hundirte, no sabes si has tropezado o si realmente te has topado con las arenas movedizas que la cobardía alimenta con su vileza.


No lo sabes. ¿Es el egocentrismo de tu presunta miserable existencia aquello que te ciega o realmente necesitas una caricia para recordar que sigues vivo?

Aparté los cadáveres que, tentados por la promesa de la ascensión libertaria, envolvieron de carmesí mis manos. Ahora su recuerdo descansa alrededor de mis muñecas en forma de elegantes cicatrices; cicatrices que ondean deseando desprenderse del encadenamiento al que han sido sometidas. Aquellas pobres víctimas no sabían que abrazar la libertad que sólo la Ascensión puede brindar, es una invitación a la susceptibilidad frente al descenso, un placer auto destructivo cuyo afán es llenar la atmósfera de plenitud. ¡Y esa plenitud es verídica, por supuesto, pero la pena nos envuelve cuando el néctar de la vida escapa por una grieta reciente, cuando una de las cicatrices se abre y el carmín escapa de su prisión mientras se deja caer en el fango de la desesperación! ¿Lo más gracioso de todo? Después te empeñas en recuperar la cicatriz, arrebatar su dolor con la suave caricia de las aguas cristalinas y volver a sentir la sonrisa  vacía que luces día a día.



Derroté hasta al último de mis enemigos, los masacré con furia enfermiza y los bosques lloraron las muertes de mil máscaras sufrientes y convicciones quebrantadas. Sonreí y suspiré aliviada cuando me percaté de que la batalla había virado a mi favor, pero... ¿de veras es sinónimo de victoria una guerra en la que ha habido tantísimas muertes? ¿O sólo es otro reflejo de la vanidad del ser humano? ¿O una prueba inequívoca de que algo te importa demasiado?

¿Es que no somos más que mártires del anhelo?  Sí, sólo somos eso, un anhelo únicamente materializado cuando la pérdida es una realidad y la obtención, una quimera de lo que habita en el olvido.


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Eru



El cielo pintaba sobre sus lienzos lamentos y ensoñaciones a los que denominó Nubes. Cuenta la leyenda que se trataba de la galería más grande de todos los tiempos, la más radiante y la más incomprendida.

Aquellos que debían frecuentar sus largos salones con el fin de deleitar su espíritu con cada composición pictórica, eran denominados "seres racionales". Los animales restantes quedaban a parte porque ellos no buscan el deleite, simplemente, forman parte de tan inconmensurable belleza. Un rugido, un ronroneo, un piar, una caricia. Un beso.

Cielo, ese gran artista, esperaba con ansia ver las reacciones de aquellos que pronto admirarían su esfuerzo, pero algo ocurrió: nadie alzó la mirada. Nadie jugó a descubrir qué forma tenía la nube de allí.
Nadie quiso bailar bajo la lluvia. 

¿Qué había ocurrido? Era todo tan perfecto que hasta el más crudo de los lamentos parecía formar parte de su música. ¡Era tal la perfección que susurraban los vientos que hasta los lienzos parecían cobrar vida! Bailaban, cantaban, soñaban. ¿Es que nadie había visto su obra maestra?

Allá en la tierra había cuadros más interesantes. Parpadeaban, hacían ruiditos y escribían cosas ininteligibles.
Allá en la tierra había mentiras, crueldad, despedidas, injusticia, hambre, miseria. Todo, nada.

Allá en la tierra había alguien que había posado casi por casualidad la mirada sobre esa galería. Su imaginación inquieta recorrió todos y cada uno de los pasillos que se dibujaban entre nube y nube, entre estrella y estrella. Quiso perderse para siempre en esa inmensidad celestial para no volver nunca jamás, deseó con fervor que el creador de tamaña obra maestra tomara en brazos su cuerpo y se lo llevara lejos, pero aquello nunca ocurrió.

Cielo ya había marchado. Y aquel puente también.
Sólo había dejado una canción y un pensamiento, un idilio que tomaba forma de evasión. Un motivo más para colmar de sufrimiento a aquellos que habían descubierto su galería.

Pero también un motivo más para creer en un más allá. Para crear.
Para amar.



Aquella fue, sin duda, una gran obra maestra. 

Bosques de Cristal

Paz y Belleza. Ellas son sin duda alguna, las protagonistas del paisaje nocturno que se halla ante ti. Los cielos poseen un fulgor violáceo y azul marino; un brillo perpetuo, una danza lumínica perpetua.
El aire que se respira es fresco y natural, muchos aseguran que semejante brisa milagrosa tan solo puede ser obra de una caricia celestial.
Y las aguas danzan tranquilamente al ritmo que marcan los vaivenes del viento.

A medida que vas avanzando, te percatas de algo extraño; A pocos metros de ti, puedes apreciar un pequeño grupo de árboles cristalizados. En sus troncos vidriosos se hallan unos penetrantes ojos záfiro que se clavan en los tuyos con una intensidad insólita. Te observan, te siguen de cerca...

-Saludos, viajero...- Susurra una voz en tu mente. -En éste lugar a través nuestros rostros cristal, encontrarás textos, algún que otro dibujo y quizá audiorelatos. Se trata de la pequeña creación de una muchacha que a veces dedica su tiempo libre en éste tipo de cosas.-Pausa.- Y sin más dilación, te doy la bienvenida. Espero que disfrutes de tu estancia.-

Murmullos del viento

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